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Velar y Atentos - DIE

No temas, dijo. Hablaré en voz baja. Lo que he de decir es solo para tus oídos. Deja que te vea. ¿Es que no sabes que te habría querido como a un hijo? 


Metió la mano entre los barrotes. Ven, dijo. Deja que te toque. El niño permaneció con la espalda pegada a la pared. Ven si no tienes miedo, dijo el Juez. 


Tú no me das miedo.


Meridiano de Sangre – Cormac McCarthy



Nuestra vida se ve continuamente definida por la manera en que enfrentamos las disyuntivas que se presentan incesantemente frente a nosotros. Ese preciso momento en que decidimos si tomar la mano de quien nos la extiende o retroceder. Sea en silencio o con una respuesta decisiva; con pasos hacia atrás o dándonos la vuelta. Lo importante es permanecer atentos y no permitir que aquello que nos provoca miedo termine por estrecharnos por completo entre sus brazos. Es en ese instante contingente en donde todo el universo de DIE ocurre: el espacio donde algo acecha y alguien intenta sostenerse. No para vencer, no para redimirse, sino para no entregar lo último que le queda de sí. Negar el mal es negar la complejidad humana, y aquí no hay escapatoria fácil: solo vigilancia, intuición y la necesidad de mantenerse despierto.


Rufián y el Niño encarnan esa fricción. El primero aparece como una presencia que vuelve una y otra vez, no para derrotar, sino para acorralar; el segundo no representa la pureza, sino la conciencia que se resiste a ser devorada. A veces lo enfrenta, a veces duda, a veces cae; pero incluso en las inevitables derrotas persiste un dejo de afirmación. Como el Niño de McCarthy, sabe que la corrupción total ocurre cuando uno deja de mirar. Por eso vela. Por eso permanece atento.


Y alrededor de esa fricción central aparecen los cómplices y los testigos: presencias que no dominan la escena, pero intervienen justo cuando la vida se inclina hacia un lado u otro. El mago, que surge sin lógica ni anuncio, encarna esa suerte inexplicable que a veces nos salva sin que comprendamos por qué; mientras que los perros y gatos, convertidos en aliados silenciosos, perciben lo que nosotros dejamos pasar:  anticipan la amenaza antes de que tome forma y advierten, con su sola presencia, que algo puede salir mal.


Con su obra, DIE afirma que en este mundo nadie es del todo inocente ni del todo culpable. Velar y Atentos recuerda que la existencia se juega justamente ahí: en esa frontera mínima donde se decide si uno avanza o cede, si escucha o ignora la advertencia, si extiende la mano o mantiene la espalda contra la pared; ese instante en que algo nos llama desde la sombra y elegimos si apartar o no la mirada.


Maximiliano Pérez

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